Piano Steinway

Sobre el piano.

Le puso ambas manos en los glúteos y la alzó. Paz enroscó sus piernas tras la cintura de Renzo y cruzó los talones en su espalda.

Él puso su brazo derecho bajo el trasero de Paz y la mano izquierda en medio de la espalda y la sostuvo en el aire mientras prolongaba el beso y comenzaba a caminar. Paz creyó que la llevaba al dormitorio. Se equivocó. Con la mano izquierda bajó la tapa del piano y la sentó encima. Separó la boca para respirar. Le besó el cuello, le pasó la lengua por la oreja, le dio pequeños besos a lo largo de la mandíbula y atacó su boca nuevamente.

Innumerables veces Paz había imaginado este momento. La realidad superaba su inexperta mente. Sentía calor, frío, quería comerlo con la boca. Le respondía todos los besos, lengua contra lengua. Bajó las manos al pecho y lo empezó a explorar.

Recogió la bombacha y las alpargatas, que había quedado sobre la alfombra y las puso sobre la mesa de café en forma prolija. Se sentó en uno de los sillones rojos, puso los codos en las rodillas y apoyó el mentón sobre los puños. Sólo podía mirarla. 

Parecía una pintura de Boticelli. 

Bellísima. Joven. Inocente. Con sus pecas sobre la nariz. Sus piernas infinitas. Y una pasión que lo succionaba como arena movediza. Podía llegar a perderse entre esos muslos. Eso significaría arruinarle la vida a Paz y ciertamente un paso más a su camino al Infierno. En luces de neón veía un cartel imaginario: “EL CAMINO DE RENZO AL INFIERNO”. El Maligno lo esperaba.

Y su mente voló. Se imaginó mostrándole Roma, paseando de la mano con su bella atleta de piernas largas y pelo a la cintura, llevándola a Campo dei Fiori. O paseando por la Tibertina. La ensoñó con un solero con flores y sandalias chatas, al sol, sonriendo…y cayó en la cuenta de que estaba perdido. 

Un anhelo profundo le surgió de adentro. El deseo, inmerecido, de ser feliz. 

Luego de haber dejado a Paz en la puerta de su departamento, subió los escalones de dos en dos, se dio una ducha y quiso entrar en actividad para no pensar. Se sentó a tocar música. Se dio cuenta que no quería. Paz y el piano estarían asociados por toda la eternidad. Al menos en su mente.  

* * *

Publicado por Cecilia Vidt

Nacida y Criada en la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre, más conocida como BUENOS AIRES, República Argentina. Vivo con mi esposo, marino retirado. Madre de dos hijos varones adultos.

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